Adaptar el entrenamiento a personas con obesidad requiere mucho más que diseñar una rutina orientada a aumentar el gasto calórico. La obesidad es una condición compleja y cada persona puede presentar capacidades físicas, antecedentes, limitaciones, comorbilidades y objetivos completamente diferentes.
El ejercicio físico puede aportar beneficios relevantes incluso cuando los cambios en el peso corporal son modestos. Por eso, el objetivo del entrenador debe ser mejorar la capacidad física, la salud, la autonomía y la adherencia, además de acompañar cualquier objetivo relacionado con la composición corporal.
La Organización Mundial de la Salud considera la actividad física regular una parte importante del abordaje de la obesidad y recuerda que sus beneficios incluyen mejoras cardiovasculares, metabólicas y psicológicas.
¿Por qué el entrenamiento es clave en personas con obesidad?
Reducir el peso corporal puede ser uno de los objetivos, pero no debería ser el único indicador utilizado para evaluar el éxito de un programa. El entrenamiento puede contribuir a:
- Mejorar la capacidad cardiorrespiratoria.
- Aumentar la fuerza.
- Mantener o desarrollar masa muscular.
- Mejorar la movilidad y la capacidad funcional.
- Facilitar las actividades de la vida diaria.
- Mejorar diferentes marcadores de salud metabólica.
- Reducir el sedentarismo.
- Aumentar la percepción de competencia y autonomía.
La actividad física también está relacionada con un menor riesgo de diferentes enfermedades no transmisibles y con mejoras en el bienestar general.
Esto cambia por completo la forma de entender el entrenamiento: no entrenamos únicamente para modificar un número en la báscula, sino para aumentar la capacidad de la persona para moverse y vivir mejor.
Aspectos que debes valorar antes de diseñar un plan de entrenamiento
Antes de seleccionar ejercicios es necesario conocer el punto de partida.
La valoración inicial permitirá decidir qué movimientos, volúmenes e intensidades tienen sentido para cada persona y detectar situaciones que puedan requerir valoración sanitaria previa.
Estado de salud y comorbilidades
La obesidad puede coexistir con otras condiciones como diabetes tipo 2, hipertensión, artrosis, enfermedad cardiovascular o apnea del sueño.
Esto no significa que esas personas no puedan entrenar. Significa que el programa debe contemplar su situación clínica.
El entrenador debe conocer los diagnósticos existentes, posibles limitaciones y medicación relevante dentro de sus competencias profesionales. Cuando existan síntomas, patologías no controladas o dudas sobre la seguridad del ejercicio, será necesario trabajar en coordinación con profesionales sanitarios.
Nivel de condición física
Dos personas con el mismo peso pueden presentar capacidades totalmente diferentes. Conviene valorar aspectos como la fuerza, la capacidad cardiorrespiratoria, la movilidad, el equilibrio, la tolerancia al esfuerzo, la capacidad para levantarse, caminar o subir escalones y la experiencia previa entrenando.
Un programa diseñado únicamente a partir del peso corporal ignora buena parte de la información realmente importante.
Objetivos y contexto de la persona
También debemos conocer qué quiere conseguir y cuáles son sus principales barreras. Horarios, experiencias previas negativas con el ejercicio, disponibilidad, entorno familiar, molestias o inseguridad al entrenar pueden condicionar la adherencia.
Un programa fisiológicamente perfecto que la persona abandona a las dos semanas no es un buen programa.
Cómo diseñar un plan de entrenamiento para personas con obesidad
Un plan de entrenamiento para personas con obesidad debe ser progresivo, individualizado y suficientemente flexible para adaptarse a la evolución.
No existe una única combinación perfecta, pero fuerza y ejercicio cardiovascular pueden complementarse dentro de la programación.
Entrenamiento de fuerza
El trabajo de fuerza debería ocupar un lugar importante porque permite mejorar la función muscular y desarrollar capacidad para realizar actividades cotidianas.
Al principio pueden utilizarse ejercicios sencillos, estables y fáciles de controlar. No es necesario buscar niveles elevados de fatiga desde las primeras semanas. El objetivo inicial es aprender los movimientos, generar confianza y construir tolerancia al entrenamiento.

A medida que mejora la capacidad física pueden progresar la carga, el volumen, el rango de movimiento y la complejidad.
Ejercicio cardiovascular
Caminar suele ser una opción accesible, pero no es válida para todos en cualquier dosis. Dependiendo de la movilidad, el dolor articular y la condición física, pueden utilizarse bicicleta estática, ejercicios acuáticos, elíptica u otras modalidades.
La intensidad inicial debe permitir acumular trabajo sin generar una fatiga que dificulte la adherencia.
Las recomendaciones generales de la OMS para adultos sitúan como referencia entre 150 y 300 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, aunque una persona sedentaria no necesita comenzar directamente intentando alcanzar esas cifras: cualquier aumento de actividad puede ser un primer paso útil.
Movilidad y estabilidad
Las limitaciones de movilidad pueden dificultar acciones aparentemente sencillas como agacharse, levantarse de una silla o caminar durante periodos prolongados.
Por ello, el programa puede incorporar ejercicios destinados a mejorar la movilidad de tobillos, caderas y hombros, además de tareas de equilibrio y control motor.
La movilidad debe estar al servicio de una función concreta, no convertirse necesariamente en una sesión independiente.
Progresión de la carga
Uno de los principios más importantes es progresar según la respuesta de la persona. Podemos aumentar gradualmente: repeticiones, series, tiempo de actividad, carga externa, rango de movimiento, frecuencia semanal, complejidad del ejercicio.
No todas estas variables necesitan aumentar simultáneamente.
Los mejores ejercicios para personas con obesidad
No existen ejercicios exclusivos para personas con obesidad. La selección depende de su capacidad, experiencia y tolerancia.
Ejercicios de fuerza recomendados
En etapas iniciales pueden resultar interesantes movimientos como:
- Sentarse y levantarse de un banco.
- Sentadilla asistida.
- Prensa de piernas.
- Remo en máquina o polea.
- Press en máquina.
- Puentes de glúteo.
- Peso muerto desde una altura adaptada.
- Ejercicios de tracción con bandas o poleas.
Las máquinas pueden ser especialmente útiles al comienzo porque ofrecen mayor estabilidad y reducen parte de la complejidad coordinativa.
Eso no significa que los pesos libres estén contraindicados. Pueden introducirse cuando sean adecuados para la persona.
Ejercicios cardiovasculares de bajo impacto
Caminar, bicicleta, elíptica o actividades acuáticas pueden permitir acumular trabajo cardiovascular con diferentes niveles de impacto articular. La elección debe realizarse en función de la comodidad y las capacidades.

Por ejemplo, una persona con dolor de rodilla puede tolerar mejor una bicicleta que largas caminatas, mientras que otra puede preferir caminar porque le resulta más accesible.
Ejercicios para mejorar la movilidad
Puede incorporarse movilidad de tobillo, cadera, columna torácica u hombro según las limitaciones observadas.
También podemos utilizar los propios ejercicios de fuerza para mejorar progresivamente la capacidad de movimiento.
¿Cómo adaptar el entrenamiento en personas con obesidad mórbida?
El término “obesidad mórbida” continúa utilizándose en determinadas búsquedas y contextos, aunque actualmente suele preferirse hablar de obesidad severa. En estos casos, la individualización adquiere todavía mayor importancia.
Puede existir una mayor dificultad para caminar, levantarse del suelo, utilizar determinadas máquinas o adoptar ciertas posiciones. También pueden coexistir patologías metabólicas, cardiovasculares o musculoesqueléticas.
El programa puede comenzar con tareas muy accesibles: caminar durante intervalos cortos, ejercicios realizados sentado, trabajo en máquinas o movimientos asistidos.
El punto de partida debe establecerlo la capacidad actual, no el ejercicio que creemos que la persona debería poder realizar.
Cuando existan condiciones crónicas o limitaciones importantes, la planificación debe realizarse dentro de las competencias del profesional y coordinándose con el equipo sanitario cuando sea necesario. Las propias recomendaciones de la OMS contemplan la consulta con profesionales sanitarios o especialistas en actividad física cuando existen determinadas condiciones crónicas.
Errores frecuentes al entrenar a personas con obesidad
Uno de los errores más habituales es convertir cada sesión en una competición por quemar calorías. También debemos evitar:
- Utilizar únicamente ejercicio cardiovascular.
- Introducir ejercicios complejos demasiado pronto.
- Aumentar la carga con demasiada rapidez.
- Utilizar el agotamiento como indicador de una buena sesión.
- Prescribir ejercicios con impacto cuando la persona todavía no los tolera.
- Comparar constantemente el rendimiento con otras personas.
- Medir todo el progreso mediante la báscula.
Otro error importante es asumir que todas las personas con obesidad están desentrenadas. El peso corporal no permite conocer por sí solo el nivel de condición física.
Claves para mejorar la adherencia al entrenamiento
La mejor planificación pierde su valor si no puede mantenerse. Para aumentar la adherencia conviene definir objetivos realistas y mostrar progresos que vayan más allá del peso. Podemos registrar mejoras como:
- Más carga levantada.
- Mayor distancia caminada.
- Menor percepción de esfuerzo.
- Mayor movilidad.
- Más repeticiones.
- Menor dificultad para realizar actividades cotidianas.
- Mayor frecuencia de entrenamiento.
La persona necesita percibir que está avanzando. Además, adaptar los ejercicios, escuchar sus preferencias y evitar un entorno basado en el juicio puede ayudar a construir una relación más positiva con la actividad física.
Individualizar el entrenamiento es la clave del éxito
No existe un único programa válido para todas las personas con obesidad. Un buen entrenador debe valorar el estado de salud, la condición física, las limitaciones, los objetivos y el contexto antes de decidir cómo entrenar.
A partir de ahí, la combinación de fuerza, trabajo cardiovascular, movilidad y una progresión adecuada puede mejorar significativamente la capacidad física, incluso antes de observar grandes cambios en la composición corporal.
Trabajar correctamente con estas poblaciones también exige saber cuándo adaptar, cuándo progresar y cuándo derivar a otro profesional.
Por eso, la formación continua es especialmente importante. Las formaciones de Trainologym y, en concreto el Máster de Entrenamiento Personal, permiten profundizar en programación, valoración y entrenamiento aplicado a diferentes perfiles para que los profesionales puedan diseñar intervenciones más seguras, individualizadas y sostenibles.









